domingo, 13 de diciembre de 2009

Aprender haciendo es enseñar delegando

Hoy he tenido uno de los momentos más satisfactorios como formador, y no ha sido en un proyecto laboral. Al levantarme y mirar el ordenador, me he encontrado con unas cuantas descargas en el UTorrent que no había iniciado yo, y eso me ha llevado a la lógica conclusión de que otra persona lo había hecho (brillante, ¿verdad?). El caso es que, gatos aparte, en casa sólo vivimos dos personas, y una de ellas llevaba meses resistiéndose a usar el programa, pese a que sí quería conseguir algunos archivos. Lo que pasó replica bastante fielmente lo que suele ocurrir tras una formación real, y sobre todo cómo sacarla del círculo en el que suele degenerar:
  • Hace un tiempo, después de mucho "¿me puedes buscar este archivo?", tuvimos, a regañadientes, la correspondiente sesión formativa en la que le expliqué, de forma sencilla y a través de su propia práctica, cómo utilizarlo. La empresa había decidido imponer un cambio de funciones, liberando al departamento de IT de tareas que podía hacer el resto del personal. Éstos no se lo habían tomado bien, y habían aceptado con la boca pequeña.
  • Siguió un tiempo de "ya sé hacerlo, pero a ti se te da mejor y lo haces más rápido" (una versión elaborada de "me da pereza ponerme"), algo frecuente en la aplicación de cualquier aprendizaje cuando hay un experto cerca. El objetivo de la formación no se estaba cumpliendo, y el departamento de IT comenzaba a impacientarse porque seguía asumiendo funciones que en teoría ya no eran suyas. El círculo vicioso estaba cerrado, y el malestar crecía entre las partes.
  • En alguna ocasión se volvió a intentar la asunción de funciones con una tutorización que permitiera agilizar el proceso y hacerlo más cómodo. En la práctica, yo acababa tomando el control para "hacerlo bien y de una vez". El departamento de IT fue asignado a labores de soporte formativo, para que los demás trabajadores tuvieran la seguridad de que alguien podía sacarles las castañas del fuego y así perdieran el miedo a sus nuevas funciones. En la práctica, requerían la presencia de los técnicos para todo, afectando a la productividad de ambos.
  • Obviamente, la solución pasó por el "a la fuerza ahorcan". Dejé de meterme en medio, y aunque aumentó el riesgo de problemas técnicos y los tiempos de uso del ordenador se desequilibraron un tanto, el resultado fue el feliz descubrimiento de esta mañana. Así, sin más. Una vez que el departamento de IT comprendió su error, dejó de prestar apoyo técnico constante y delegó completamente las funciones traspasadas. Sin ese respaldo, y teniendo que contar con el trabajo hecho, el resto del personal no tuvo más remedio que ponerse manos a la obra, para descubrir que podía hacerse cargo perfectamente (por lo que recibió la sincera felicitación de la empresa).
¿Cuántas veces exigimos un cambio de rol sin dejar espacio para que se produzca? El cambio en las organizaciones es complejo, pero estoy convencido de que un alto porcentaje del fracaso se debe al exceso de injerencias en la ejecución de las nuevas funciones. Cuánto nos cuesta delegar...

lunes, 12 de octubre de 2009

Productividad en verso

Ordenando papeles viejos encontré una poesía que me regalaron hace una década, del poeta callejero Malinowski. Es probable que aún podáis encontrarle en la Rambla, en Barcelona, vendiendo sus libros.

Ahora es el momento de hacer lo que más quieres
No esperes al lunes ni esperes a mañana
Que no aumente en ti la caravana de sueños pisoteados
Ya no esperes.

No reprimas por miedo o cobardía.
No postergues la vida con más muerte,
Y no esperes más nada de la suerte
Que no hay más que tu tesón y tu energía.

Si tu sueño es hermoso dale forma.
Como esculpe el arroyo la ribera;
Como el viento que vive y se transforma.

Y para que todo resulte a tu manera,
Redacta para ti mismo tu norma
Y convierte tu otoño en primavera.

Una bonita manera de combatir la procrastinación, ¿verdad?

domingo, 30 de agosto de 2009

El formador, ese ídolo de masas

Me hizo pensar en este tema la tira cómica de más abajo, que me recordó una entrada en el blog de Yoriento con este video:



Allí se comentaba acerca de la psicolabia, la verborrea, la consultoría que vende humo. A mí se me hacía palpable además otro matiz: el aplomo del consultor, la actitud de gurú con la que suelta su frase lapidaria, y la cara de Yoda con la que incita a sus víctimas a apreciar la sabiduría universal de sus palabras.

Es un hecho que la posición del formador durante un curso presencial (al menos desde la que parte) está una cabeza por encima de quienes lo reciben. Aunque en determinados casos conviene reducir o anular esa distancia, también tiene sus ventajas: te escuchan con atención por respeto a tus supuestos conocimientos, te da la autoridad suficiente para guiar la formación, y permite sofocar actitudes negativas. La parte mala aparece cuando tenemos a un formador (llamadle consultor, si queréis) que decide utilizar esa ventaja para no trabajar. La formación puede ser constructiva, buscando problemas, prácticas a mejorar o necesidades de aprendizaje; Pero también puede convertirse en una lluvia de críticas destructivas acompañada de unas recetas difusas y frases zen que anulan la capacidad crítica y dejan a la audiencia con la sensación de que se les ha indicado el camino de la salvación, pero son demasiado incompetentes para recorrerlo.

Dilbert.com

El formador puede dar cursos pensando en sus clientes o pensando en él. En el primer caso formará, en el segundo encandilará. Desconfía del formador que no se interese por el impacto de su acción.

La viñeta, de Dilbert by Scott Adams

jueves, 16 de julio de 2009

Calidad y precio del formador

Leía ayer en el blog de Del Campo Villares (ex-formador dice él, aunque sospecho que en el fondo no ha dejado de serlo) una reflexión en la que contrapone los conceptos de formador "marca blanca" y formador "de marca". Del Campo defiende la marca personal como la salida adecuada, pero normalmente eso supone una reducción inicial de clientes potenciales que en estos tiempos no viene nada bien. Mi reflexión inicial se vio reflejada en uno de los comentarios a la entrada: La "marca blanca" como oferta agresiva ante la menor demanda: buena calidad a un precio asequible.

Un catálogo de servicios de formación en el que figure todo nuestro saber hacer debe ser algo a lo que demos valor y a lo que, por tanto, pongamos un precio en consecuencia. No me seduce la idea de reducir el margen de beneficio para aumentar las ventas (aunque caigo en ello cuando no hay más remedio), pero sí creo que puede aplicarse una filosofía parecida en la que el parámetro de la cuádruple restricción que reducimos no sea la calidad (que por principios no toco) ni el coste, sino el alcance o el tiempo.

Ofrecer acciones formativas intensivas, por ejemplo, en las que la corta duración supone un ahorro para el cliente. O cursos en los que se tratan cuestiones muy específicas de las que no nos saldremos, pero que pueden resolver un problema muy concreto. En definitiva, formaciones con un impacto alto pero concentrado, que permiten reducir el coste para el cliente, aumentando nuestras oportunidades de negocio y, de paso, dejando una muestra clara de lo que podemos hacer con más margen.

La formación "low-cost" no es la clase Bussiness y la diferencia se nota, pero ambas te llevan a donde quieres (y prometo no perder el equipaje a nadie).

martes, 7 de julio de 2009

160 caracteres

Acabo de leer, ya no recuerdo ni dónde, que una compañía británica de contenidos para móviles está recogiendo solicitudes de empleo vía sms, en una versión comodona del elevator pitch (esa exposición de tu producto que te vende ante un cliente en el tiempo que dura un viaje en ascensor). No está directamente relacionado con los temas del blog, pero me ha hecho pensar: ¿cómo vender una formación en ese espacio? Un sms no es Twitter, no hay retroalimentación ni aportaciones. Hay que centrarse en lo fundamental...

¿Cuáles son los 160 caracteres básicos de una acción formativa? ¿Y de un formador?

jueves, 11 de junio de 2009

Profesionalidad

Más de una vez se plantea un dilema que me da más de un quebradero de cabeza, porque supone un disparo en mi línea de flotación como formador. Me esfuerzo por ser un profesional competente, y por eso encaro los proyectos de mis clientes partiendo de dos premisas principales: ajustar el alcance de mi labor a lo que se me pide (es decir, ser fiel al cliente), y dar un servicio útil, cuya efectividad pueda constatarse (es decir, ser buen formador).

Sin embargo, cuando no existe la posibilidad de consensuar los contenidos, y el cliente me proporciona un material en cuya elaboración no he participado, puede ocurrir que ambas premisas entren en conflicto. Más de una vez me he encontrado con unos alumnos deseosos de aprender algo nuevo, motivados para mejorar en su rendimiento a través de la formación, para los que mi cliente directo (que puede no ser el mismo que emplea a los asistentes al curso, claro) tiene desarrollado un material que, de ceñirme a él, les dejaría poco más o menos como entraron pero habiendo perdido unos cuantos días de trabajo.

¿Cuál de mis facetas profesionales toma el mando en esta situación: el proveedor, que debe ceñirse al alcance pactado, o el formador, que procura dar un servicio de calidad?



La profesionalidad no es simplemente ser bueno en tu trabajo: hay una serie de pactos que se deben cumplir, y entre ellos está ajustarse a los requisitos del cliente. ¿Qué pasa si convierto un curso mal diseñado en una acción formativa de calidad, mi cliente se entera y decide que no soy de fiar como proveedor? ¿No he sido profesional? ¿Lo he sido, pero también algo pardillo? Y si el que recibe la formación es un tercero, ¿estoy engañándole respecto a la calidad real del servicio de su proveedor (mi cliente directo)?

Como no siempre estoy seguro de tener más criterio que quien me paga para decidir qué es conveniente impartir o no, es una decisión que tomo con cautela. Hay dos puntos que suelen decidirme a favor de romper la fidelidad al cliente: el primero es pensar en quienes reciben la formación, y el segundo -más pragmático- es la valoración que recibirá mi labor. No me gusta que un mal material comprometa la impresión sobre mi desempeño, así que suelo optar (no como norma, pero tiende a ser así) por incumplir los objetivos de alcance contratados en pro de una buena actuación como formador.

Supongo que prefiero hacer the right thing for the wrong reason...

La escena, de la película Airbag.

miércoles, 3 de junio de 2009

Jay Cross y el aprendizaje informal

Mis aproximaciones al aprendizaje informal ("el modo no oficial, fuera de agenda, improvisado, en el que la gente aprende a realizar su trabajo") se centran en crear pequeñas redes de aprendizaje dentro de las organizaciones, enseñar a compartir el conocimiento, a pedir ayuda y a ser conscientes de que se está aprendiendo todo el tiempo (algo que la gente no siempre percibe). Hay mucho más, pero no es fácil ponerlo en práctica, de ahí el interés que me provoca el taller "Informal Learning en la Práctica: Cómo diseñar su Proyecto de Aprendizaje Informal" que el próximo día 23 de Junio tendrá lugar en Madrid, en el que toma parte Jay Cross.

Es un evento al que siento no poder ir. Una experiencia de aprender haciendo centrada en el "informal learning" de la mano del autor de frases como la siguiente (la traducción al vuelo es mía):

"El aprendizaje solía centrarse en lo que había en la cabeza del individuo. El individuo hacía un examen y conseguía su título o certificado. El nuevo aprendizaje se centra en lo necesario para hacer bien una tarea. El puesto de trabajo es un examen en el que puedes consultar los libros [...]. El nuevo trabajo en equipo supone disponer de buenas conexiones: fuentes que saben de lo que hablan, consejos que ayudan, alarmas que avisan de lo que es importante, y respuestas prontas para los problemas."

Por tanto, viene a decir Mr. Cross, menos gastar en aprendizaje formal y más prestar atención a los procesos de aprendizaje que se dan de forma natural, a partir de la propia tarea y en el contexto de trabajo.

Si tuviera oficina, esta es una de las cosas que colgaría en la pared.

martes, 2 de junio de 2009

La formación precocinada en las organizaciones

Leía el otro día en el blog de Dolors Capdet que España es el país con mayor oferta de e-learning, pero donde menos adaptada está a las competencias laborales. La conclusión la daba un estudio que analiza el estado de la formación online en Gran Bretaña, Alemania y Francia también. Parte del dato de que las empresas españolas usan el e-learning para la formación con mucha frecuencia, pero parece ser que con poco esfuerzo de adaptación a las necesidades de los trabajadores (es decir, versa sobre temas generales, posiblemente de interés común, pero sin el imprescindible ajuste de los contenidos al puesto de trabajo).

Creo que la reflexión que me viene a la cabeza no es sólo válida para el e-learning: No abunda el uso eficiente de la formación, y temo que en muchos casos se ofertan cursos como un simple incentivo a los trabajadores, sin preocuparse de hacer la labor de investigación previa (que, para empezar, podría consistir en preguntar a los empleados qué quieren aprender) para orientar esa formación a algo directamente útil tanto al trabajador como a la empresa. Lo cual, seguramente, sería un incentivo aún mayor. Pero claro, requiere un esfuerzo sensiblemente mayor que escoger unos cuantos cursos de un catálogo, y normalmente ocurre una de dos cosas:
  • A la organización no le importa mucho si sus trabajadores quieren hacer esos cursos o no, y los oferta para que el Comité de Empresa deje de dar la paliza. Los trabajadores se apuntan para escaquear horas del trabajo (normalmente yo no les culparía por ello, dadas las circunstancias).
  • Alguien dentro de la organización piensa que habría que optimizar eso de los cursos, pero no tiene tiempo ni recursos para ello (en mi experiencia suele ser un mando intermedio). En este caso, al menos, una comunicación de abajo arriba eficaz -o perseverante- puede llevar a buen puerto.

Por otro lado, la oferta indiscriminada de cursos precocinados, que en e-learning es abrumadora, contribuye a mantener esta situación. No creo que sean malos en si mismos, porque efectivamente pueden ser una buena manera de proporcionar habilidades complementarias e, incluso, de motivar a los trabajadores. Pero para llegar a ese punto hacen falta unas cuantas formaciones estratégicas bien planeadas que sirvan para crear equipos competentes, de alto rendimiento.

Comer en el Burger King puede ser entretenido y agradable, y desde luego puede funcionar como incentivo de cuando en cuando; pero sólo cuando nuestro menú diario es un buen plato casero, hecho al gusto.

sábado, 23 de mayo de 2009

Deporte como herramienta de formación: Los juegos de las empresas

Cada vez es más frecuente que las empresas, especialmente las de tamaño grande, inviten (o sometan, según la política interna) a sus empleados -normalmente directivos, pero no sólo- a tomar parte en actividades en el exterior. Hay no pocas empresas especializadas en outdoor training, que aunque no tiene por qué tener un componente deportivo sí es frecuente que lo incluya, y los resultados parecen indicar que la gente agradece que sus jefes les dejen salir a jugar.

El juego es, metodológicamente, muy importante en la formación, porque es la condensación de todos los principios del "learning by doing". Pocos son los cursos en los que no incluyo alguna actividad lúdica, y de ello he hablado y hablaré en otras ocasiones. Sin embargo, el deporte (que también es inequívocamente "aprender haciendo") tiene una ventaja adicional, y es que crea una desconexión total con el ambiente de trabajo. Uno puede estar peloteando con sus compañeros, pero la mayor parte del tiempo abstraerá el hecho de que lo son, para centrarse en verlos como aliados o rivales, según qué toque. Se crean vínculos diferentes a los laborales con gente con la que normalmente uno no se relacionaría fuera de la oficina (con la probable excepción de las cenas de empresa, que tienen un papel similar aunque menos controlado y controlable, y por tanto menos apto para desarrollar estrategias de formación), y se establecen canales de comunicación que, si bien suelen durar lo que dura la actividad deportiva, dejan un rastro que puede seguirse después para reforzarlo y convertirlo en una nueva ruta para el flujo de información interno en la empresa.

El principal problema no es tanto la falta de disposición de los departamentos de RRHH a realizar este tipo de actividades, sino el esfuerzo de organizarlas e integrarlas en un plan de formación. Por eso es interesante que haya quien se dedica a darlo todo bien masticado y de paso montar un evento a lo grande. Los juegos de las empresas llevan ya varios años juntando en Madrid a un buen puñado de compañías que ponen a sus empleados a sudar la camiseta corporativa. Seguramente la perspectiva de los participantes y de sus organizaciones no sea exactamente la misma, pero muy probablemente los objetivos de éstas (motivar, fidelizar y cohesionar a sus equipos) se cumplan incluso sin la intención expresa de aquellos, que seguramente a lo que van es a pasar un buen rato. Precisamente esa combinación de las dos perspectivas es la que hace que el deporte sea un catalizador tan eficiente de determinados tipos de formación -sobre todo la que tiene que ver con la creación de equipos de alto rendimiento-, y probablemente la responsable de que los RRHH y la gerencia lleven ya unos años nutriéndose de estrategias que vienen del campo deportivo (¿o acaso le ha extrañado a alguien ver a Fabio Capello como invitado en Expomanagement 2009?).

La existencia de un Foro de empresa y deporte que acompaña a los Juegos apunta a una planificación bien pensada, porque es imprescindible que los responsables sepan qué van a sacar en claro además de la posibilidad de machacar a la competencia por 20 puntos. Si los trabajadores van a darlo todo para quedar en buena posición, a sus responsables (que, desde mi punto de vista, deben ser los primeros en saltar al campo) les tocará después convertir lo que ha pasado en un aprendizaje consciente y trasladable al entorno laboral. En las formaciones in company no va a ser fácil incluir baloncesto, ajedrez, badminton, basket 3x3, bolos, mountain bike, carrera urbana, cross, dragon boat, fútbol 7, fútbol sala, golf, karting, natación, tenis, tenis de mesa, pitch&putt, piragüismo, paintball, padel y voleibol; así que seguramente sea una buena idea sacar a tus equipos a la cancha cuando puedes.

Ya quisiera yo poder montar un partidillo de esos en mis cursos...

domingo, 26 de abril de 2009

Más sobre "aprender haciendo"

Veo hoy en Balzac.tv la enésima entrevista a Roger Schank, y pienso que nunca está de más insistir un poco más en algunos de sus mensajes.


Balzac.tv: Learning by doing

Schank viene a decir que la escuela tradicional no vale para nada, o más bien que es contraproducente porque trata de homogeneizar la experiencia de aprendizaje -lo que sería directamente imposible-, e intenta además forzar la socialización de un modo antinatural. Propone como alternativa una educación libre de planes de estudio generalistas, en la que los alumnos guian su propio aprendizaje basándose en sus intereses y mediante una versión sofisticada del ensayo-error. Son tesis deliberadamente provocadoras, no exactamente nuevas y seguramente condenadas a no verse aplicadas jamás a una escala suficiente para validarlas o rebatirlas.

Desde luego, en el ámbito de la educación de adultos y, más exactamente, en la formación en la empresa, lo que dice tiene absoluto sentido y, en teoría, se aplica. Cuando lo que se persigue no es una certificación sino adquirir competencias para el desempeño de una labor, parece obvio que la práctica, "learning by doing", es una parte fundamental del proceso.

Sin embargo, "desempeñar una labor" tiene aquí un significado amplio que suele escaparse de los planes de formación, dando al traste con todo: si queremos que un trabajador sea competente en el uso de una aplicación informática, por ejemplo, no basta con que aprenda su funcionamiento. También es parte inseparable del uso de esa aplicación el saber identificar posibles errores, dirigirse a los expertos que puedan ayudarle a resolver problemas, mantenerse informado de actualizaciones e incluso buscar por su cuenta información sobre el uso avanzado del programa. Todo esto no se adquiere con un manual o un curso típico, y desgraciadamente mucho menos con una formación e-learning al uso.

Schank precisamente hace hincapié en las posibilidades de Internet como proveedor de experiencias de ensayo y error (de hecho, él habla de sacar a todo el mundo del cole para ponerlo a aprender desde cualquier lugar a través de la Red). Enfocar el e-learning al aprendizaje real, a la práctica, lleva necesariamente a convertirlo en simulación de situaciones reales en las que el aprendiz se ve inmerso una y otra vez en la tarea que debe cumplir, mejorando progresivamente su ejecución. Igualito que cualquier curso de los que abundan ahora, vaya.

Creo que la transición del modelo tradicional de e-learning (si se puede llamar tradicional a algo que lleva una década en el mundo) a algo similar a lo que postula Schank ya se está realizando, a través de nuevos usos (más sistemáticos) de los mundos virtuales y la creación de plataformas específicas para la formación basada en simulaciones, aunque de momento veo su aplicación más apropiada para el aprendizaje informal (el más apropiado para la formación in company, a mi juicio) que para el académico. Cuestión de tiempo, supongo, pero la necesidad de un aprendiz comprometido con su propia competencia y responsable de sus resultados es, a la vez, la mejor aportación de este modelo y su mayor escollo para convertirse en algo generalizado.

Eso sí, me llama la atención ver cómo el e-learning, que aún es una forma minoritaria de formación, da pasos como este, que en la formación presencial no se plantean a pesar de contar con posibilidades mucho más obvias. Ya lo he dicho otras veces, pero ¿por qué no convertimos los cursos en el aula en experiencias de práctica, en sesiones de simulación, en aprendizaje de verdad, del que se usa día a día? ¿Tiene alguna ventaja real planificar una sesión de x horas partiendo de una presentación? En lugar de exponer la teoría y plantear una actividad de refuerzo, la próxima vez examina qué quieres que aprendan, ponles a hacerlo y luego procura que analicen qué ha fallado, y hazles repetirlo. El e-learning lucha por incorporar el aprendizaje colaborativo: la formación presencial siempre lo ha tenido ahí, así que úsalo.

viernes, 3 de abril de 2009

Expoelearning 2009

El 19 y 20 de Marzo, como ya había comentado por aquí, se celebró en Barcelona Expoelearning 2009. Como formador freelance no tenía muy claro si ir, porque parecía un evento más dedicado a las empresas que a los profesionales libres, pero gracias a un hueco en mi agenda y a las facilidades dadas por la organización (tengo que darle mil gracias a Cristina por las atenciones) finalmente hice el petate y me planté allí, un día tarde pero a tiempo para la segunda jornada de congreso. Vaya por delante, por esto, que mi visión del acontecimiento es incompleta.

Efectivamente no me había equivocado y la orientación del congreso iba más hacia el uso corporativo del e-learning, pero no por ello dejé de sacar provecho a mi incursión. El programa invitaba claramente a asistir a la Moodleparty, un evento de presentación y discusión de aspectos básicos y novedades de la plataforma Moodle. Aunque me llamaba, temí que se tratara de algo más dedicado a quienes no conocen ese LMS (luego me enteré de que hubo hueco para todo), así que opté por "aprender haciendo" con los seminarios prácticos a cargo de tres expertos. Como siempre, hubo de todo, pero me parecieron particularmente útiles los planteamientos de Íñigo Babot -cuyo libro tengo pendiente de lectura- y Javier Martínez Aldanondo, que además de tratar sendos temas que nunca pasan de moda (la formación por competencias y el conocimiento crítico) fueron también muestra de cómo plantear un taller que aproveche el aprendizaje colaborativo. Sin duda lo mejor del día.

La tarde se reveló un parcial chasco, porque las intervenciones del virtualcampus en el que me metí oscilaron entre lo interesante y lo directamente aburrido. Destacaría el intento del profesor Antonio Nazzaro -seguro de que nadie le hará ni caso- por convencer a quien monte una red en un centro propio de que haga hincapié en la seguridad; y la charla de Toni Martínez, de la UOC, que me ha hecho mirar el Windows Media Center con otros ojos (o, directamente, mirarlo, porque aparte de saber que existía no le había dedicado ni un minuto). Tampoco estuvo mal el planteamiento del mundo virtual que están construyendo en esa misma universidad, que aunque habrá que ver cómo termina viene a subrayar la tendencia al v-learning, y sólo por eso ya me resultó atractiva.

Aparte de las experiencias concretas y las afortunadas oportunidades de networking, salí del evento con una sensación ambivalente, más satisfecho que no, pero temiendo haberme perdido alguna charla revolucionaria y deseando que hubiera un poco más de hueco expreso para los formadores como yo. Difícil, claro, cuando los que mueven el invento son las organizaciones; sin embargo, bastantes veces me sentí un paso por delante de lo que me contaban... Eso sí, cualquiera que haya ido buscando un LMS a medida, estaba en el sitio adecuado.

Seguramente repetiré el año que viene, porque no quiero dejar pasar la posibilidad de escuchar esa conferencia que me hará ver algo nuevo de verdad. Esta vez sólo ha ocurrido a ratos, pero creo que es motivo suficiente para estar contento. No todo van a ser revoluciones.

lunes, 23 de febrero de 2009

¿Y a ellos, qué tal se les ha dado?

Hablaba el otro día de las herramientas de evaluación del desempeño para el formador, y hoy le toca el turno a la valoración de los alumnos. De nuevo, la mayor parte de las veces tendremos cuestionarios y demás proporcionados por el cliente, pero encuentro que es útil hacer un repaso por cuenta propia para ver si los objetivos que definimos (o que nos venían dados si es el caso) se han cumplido o no. Salvo circunstancias especiales (boicot, selección desastrosa, desidia...), es responsabilidad nuestra alcanzar esas metas.
Obviamente no pretendo pasar un examen adicional. Se trata más bien de, una vez en casa y con las zapatillas puestas, analizar si puedo estar satisfecho del grado en que los asistentes han asimilado lo que pretendía:

  • Conocimientos: ¿Manejaban con soltura el vocabulario introducido? ¿Hacían preguntas para profundizar en la materia? ¿Fue necesario repasar conceptos básicos constantemente? ¿Eran capaces de sintetizar lo visto? ¿Hacían deducciones a partir de lo aprendido?
  • Saber hacer: ¿Se finalizaban con éxito las actividades prácticas? ¿Sugerían casos a los que extender la aplicación de lo aprendido? ¿Eran progresivamente más autónomos en la ejecución?
  • Actitudes: ¿He notado entusiasmo? ¿Se han implicado en las actividades? ¿Han aportado ideas? ¿Han hablado espontáneamente de cómo trasladarán lo aprendido a su quehacer diario?

Una breve comprobación de estas cuestiones permite ver de forma sistemática -aunque seguramente poco fiable, desde luego- si las cosas han ido bien, o hace falta alguna reflexión adicional. Cruzando estos datos con los obtenidos de la evaluación de nuestra labor podemos cubrir virtualmente cualquier hueco y resolver si tenemos o no que tomar alguna medida correctora. Si las conclusiones negativas son frecuentes, es posible que necesitemos replantear nuestra adhesión a los objetivos. ¿Tenemos claro cuáles son antes de comenzar? ¿Llevamos la materia a un terreno no pertinente? ¿Marcamos metas definidas, alcanzables y evaluables? ¿La formación que hemos impartido permite responder a las preguntas de arriba, sea positiva o negativamente?

Huelga decir que tenemos que ser honestos con nosotros mismos. Cuando somos nuestros propios jueces, no es un riesgo desdeñable el no querer ver nuestros fallos o quitarles importancia, atribuir el fracaso a causas externas y no controlables y quitarnos de encima la responsabilidad de corregirnos.

viernes, 20 de febrero de 2009

De feria en feria

Dentro de menos de un mes tiene lugar la feria Expoelearning, dedicada a profesionales de la formación vía Internet. He asistido alguna otra vez a eventos similares -el último fue Expomanagement 2008, dedicado a la gestión de personas y RRHH-, y desde luego fue interesante... pero no sé si tanto como para compensar el gasto. Desde luego, las conferencias por sí solas no suelen valer lo que cuesta la entrada, por más que algunas sean excelentes. Pagas por la oportunidad del networking, por supuesto, que nunca viene mal, pero creo que buscándose la vida se puede acceder a según qué contactos en otras circunstancias y con mejor ratio coste/resultados (como, por ejemplo, Personal España, de la que he sabido hoy por el blog de Senior Manager y sobre la que estoy indagando).

Sé que si voy le sacaré partido, lo disfrutaré y encontraré razones para justificar el desembolso (entre el viaje a Barcelona, el alojamiento y la inscripción, es una factura a tener en cuenta), pero es que soy fácil de contentar :). Cuando me suelto en un macroevento cualquiera soy como un crío en una fiesta, y temo que mi facilidad para ilusionarme me nuble el juicio a la hora de valorar si efectivamente paga el tiro.

Por eso agradecería opiniones racionales (es decir, de cualquiera que no sea yo) que me pongan los pies en la tierra y me ayuden a decidir si, efectivamente, es una buena idea acudir a estos saraos, sin el sesgo de mi bendito entusiasmo. Más aún teniendo en cuenta que en Julio está EduLearn09, también en BCN, que es de otro estilo (investigación educativa en general) pero también me hace tilín...

¿Es grave? ¿Puede uno hacerse adicto a estos saraos enormes? ¿Están sobrevalorados y hago el tonto yendo de uno a otro?

jueves, 19 de febrero de 2009

¿Qué tal se me da esto, en realidad?

Una de las cosas que tengo en cuenta permanentemente como profesional es la calidad del servicio que presto. Los clientes -consultoras, empresas receptoras de formación, instituciones- proporcionan, por norma, algunas herramientas de evaluación, por lo común cuestionarios que valoran la actuación del formador a partir de las opiniones de los asistentes al curso. Además, corresponde determinar el aprendizaje de conocimientos y capacidades que se ha producido y hasta qué punto los alumnos serán capaces de aplicarlo, quizá incluso realizar un seguimiento o un diseño comparativo y puede que hasta el impacto económico, dependiendo de nuestra implicación en el programa de formación.

Si actuamos como freelances para distintas empresas, el seguimiento que podremos hacer de los resultados puede que no sea suficiente como para sacar conclusiones fiables sobre qué tal lo hemos hecho. Por eso considero importante contar con mi propio cuestionario para pasarlo en cada uno de los cursos que imparto, si es posible a todos los participantes. Esto me permite mantener un archivo personalizado sobre el que poder hacer análisis de mis puntos fuertes y débiles (un DAFO en toda regla, vamos) y ver mi evolución a lo largo del tiempo, comprobando si las enmiendas, correcciones y mejoras que voy haciendo en mi técnica tienen o no impacto sobre la percepción de mis clientes. Al fin y al cabo, mi cometido es cubrir las necesidades y expectativas de quien me contrata y de quien recibe mis servicios, y n o hay mejor modo de saber si lo hago o no que preguntando.

Hablando específicamente de la satisfacción de los alumnos, el procedimiento que uso y que seguramente resulta más sencillo aplicar sistemáticamente es un cuestionario cerrado con preguntas concretas, cuya respuesta se exprese en forma de puntuación numérica en función del acuerdo o desacuerdo con lo planteado (lo que se conoce como escala Likert).

Ejemplo de escala Likert (tomado de www.siafa.com.ar)

En función de nuestros intereses haremos hincapié en unos u otros aspectos, pero encuentro imprescindible tocar los siguientes temas:
  • El formador conoce en profundidad el tema impartido.
  • Sabe transmitir esos conocimientos
  • Ha estado disponible y es fácil acceder a él cuando hace falta.
  • El discurso tiene un ritmo adecuado y el formador es buen orador.
  • Escucha con atención, se esfuerza por entender las demandas y es comprensivo y discreto.
  • Tiene buena actitud: es entusiasta, espontáneo y usa el humor adecuadamente.
  • Sabe ser flexible y desviarse del tema en la medida justa cuando es necesario.
  • Tiene capacidad de síntesis y análisis, da información rigurosa y pertinente.
  • La materia y su presentación están bien organizadas, con claridad, y las sesiones tienen una estructura bien definida.
  • Ha sabido tratar dudas, dificultades y objeciones adecuadamente.
  • La proporción entre teoría y práctica ha sido adecuada.
La escala de puntuación dependerá de lo fino que quieras que sea el análisis. Yo uso una escala del 1 al 5, que encuentro adecuada para mostrar tendencias. Si se diera el caso de que los datos tienden demasiado al medio, puede convenir reducir la escala a 3 puntos para forzar las puntuaciones extremas.
Es conveniente dejar un apartado abierto para comentarios críticos, tanto positivos como negativos, y una pregunta sobre la impresión general del curso y su aprovechamiento. A efectos de nuestro análisis no tendrá demasiada aplicación, pero puede ayudar a despejar dudas. Las malas críticas espontáneas no suelen abundar, así que puede ser interesante pedir expresamente que se indiquen aspectos mejorables de nuestra labor. Eso sí, hazlo al final para que la búsqueda de defectos no sesgue las respuestas al resto de cuestiones (¡especialmente en los cuestionarios oficiales!).
Recordemos que lo fundamental es que las preguntas sean específicas para poder tomar medidas concretas. Una valoración difusa o basada en impresiones globales no nos hace mucho servicio.

La parte laboriosa es trasladar todas estas puntuaciones a una hoja de cálculo para realizar el análisis de los datos. El simple agrupamiento bruto de la información ya resultará revelador, y por lo general se marcarán tendencias claras que podremos ver con facilidad si hacemos una representación gráfica. Un análisis más detallado a lo largo del tiempo tendrá que tener en cuenta las distintas variables que puedan actuar de forma diferente en cada grupo (edad de los participantes, sexo, situación laboral, labores desempeñadas, sector, temática del curso...), pero requerirá también de una toma de datos prolongada para resultar medianamente fiable. Obviamente, cuantas más conclusiones podamos obtener, mejor, pero para la mayor parte de los casos bastará con el análisis visual, a pelo, que nos orientará hacia qué partes de nuestro desempeño debemos dedicar más atención, y quizá más importante, en cuáles podemos apoyarnos con confianza.

martes, 17 de febrero de 2009

El fin último de la formación

Leía el domingo en el suplemento de negocios del diario El País un pequeño artículo titulado “La necesidad de educación financiera” que me llamó la atención. En la situación económica actual, el texto defiende la conveniencia de instaurar algún tipo de formación sistemática de la población en materia financiera, de modo que podamos convertir los riesgos en oportunidades. Es decir, no es posible que la globalización o la innovación tengan un efecto positivo sobre quien no sabe cómo actúan y qué hacer con ellas, y los autores proponen que sean los gobiernos y las instituciones financieras quienes asuman esta responsabilidad.

El fondo de la cuestión me trae a la cabeza el fin último de la formación en todos sus grados, que es crear individuos autónomos capaces de comprender lo que les rodea y tomar decisiones por sí mismos. Creo además que el que un individuo asimile cualquier formación como una fuente potencial de cambio y de mejora de su autonomía depende en buena parte de que el formador tenga claro que esto es así, y facilite tanto el aprendizaje como la toma de conciencia de lo trascendente que este puede ser.

Me gusta que se saque a relucir que falta competencia general en campos básicos para la vida en nuestra sociedad, como economía (aunque quizá desde una perspectiva más crítica y no como un mero manual del economista aficionado), política (en el sentido de participación en la vida pública y comprensión de nuestra sociedad) o resolución de conflictos. Mucho de esto se supone aprendido durante la niñez y la adolescencia (por ejemplo, la política a la que aludía en la educación obligatoria, sea impartida como siempre, de forma transversal, o como una asignatura propia como ahora), pero lo cierto es que nuestro día a día nos muestra un centenar de ejemplos de que no es así.

Ahora que finalmente se asume que la formación no termina con la escolarización, y que el aprendizaje y perfeccionamiento a lo largo de la vida (kaizen, lifelong learning, reciclaje o como se quiera llamar) es necesario, deseable y, de hecho, inevitable, tal vez sería buena idea enfocar nuestras demandas de formación como ciudadanos a esos campos que normalmente dejamos a los expertos. No sé si la vía es la formación en el puesto de trabajo, a través de las instituciones o todo junto, pero nuestro aprendizaje no debe tener como objetivos únicos prepararnos profesionalmente o pasar el rato: Es posible nos sea más provechoso un curso que nos enseña qué hacer con nuestros ahorros que el enésimo sobre Excel o uno de ganchillo.

miércoles, 11 de febrero de 2009

¡NO! lo hagas


Se puede hablar mucho de las competencias del formador, de qué directrices seguir para dar un buen curso y convertirse en un tutor excepcional, y cualquiera que se dedique profesionalmente a este campo tiene mucho que aprender y que cuidar en este sentido. Sin embargo, en muchas ocasiones, lo que no hacemos habla de nuestra calidad como formadores más aún que lo que hacemos bien. Saber evitar ciertos vicios, hábitos o tendencias durante una sesión presencial hace que la impresión que dejamos sea, como mínimo, correcta. Así pues, he aquí una pequeña (y ampliable, qué duda cabe) lista de qué no hacer:

- Empezar la sesión cuando hay gente que no está atenta o escuchando. Atrae la atención de todos antes de presentarte siquiera, de lo contrario te arriesgas a que lo de estar a otra cosa se convierta en un hábito a lo largo del curso.

- Moverse demasiado. Controla tus paseos arriba y abajo (algo que normalmente hacemos cuando estamos nerviosos) y la gesticulación. Que tu postura corporal no sea de abatimiento o sumisión, procura transmitir seguridad.

- Dar la espalda a los asistentes durante una explicación. Es inevitable cuando tienes que escribir algo (a menos que lo hagas a través del ordenador), pero el resto del tiempo intenta mantener el contacto visual con tus alumnos. Si tienes que señalar algo en una diapositiva, utiliza un puntero láser.

- Usar un lenguaje demasiado técnico o demasiado poco técnico, según el caso. Adapta tu léxico al público para asegurarte de que el mensaje llega tal y como quieres que llegue.

- Utilizar un tono de voz monótono y vocalizar mal. Hay gente que, de forma natural, tiende a hablar muy rápido o con la boca entrecerrada; si es tu caso, recuerda que para dar un discurso es importante la forma y la claridad, entrénate para que tu oratoria sea adecuada. Procura igualmente evitar las muletillas y expresiones repetitivas, denotan inseguridad y pueden ser motivo de burla.

- Incluir en el discurso un exceso de chistes o chascarrillos que distraigan la atención. Ojo, porque es fácil caer en esto en algunos cursos si tenemos tendencia a bromear. Ojo además con herir sensibilidades, hay bromas que no proceden. Ante la duda, déjalo correr.

- Divagar o perder el hilo. Aunque hay que ser flexible y saber explorar ramas que surjan sobre la marcha, es importante tener un esquema claro de qué secuencia se va a seguir y procurar regresar a él cuando finalice la excursión improvisada.

- No reconocer cuándo te has equivocado. A todos nos pasa: no intentes disimular, simplemente corrígete de forma natural.

- Estar demasiado pendiente de no hacer todas estas cosas y olvidarte de tu público. Recuerda que lo importante son ellos y el aprendizaje que ha de tener lugar.

Como siempre, la práctica crea al experto, así que averigua si tiendes a caer en alguna de estas (ensayar ante el espejo siempre es revelador, y grabarse en video aún más) y ensaya hasta minimizarla o anularla.

¿Se te ocurre alguna otra costumbre peligrosa? ¿Qué comportamiento poco apropiado detestas más en un formador?

viernes, 30 de enero de 2009

Un paso más en la interactividad

Hoy, después de una mañana inmerso en temas relacionados con la formación in company, he tenido noticia (thanks Irmeli Aro!) de un nuevo giro experimental en el e-learning, de nuevo de la mano del ínclito Stephen Downes. Lo llama "Curso RSS en serie" (serialized RSS course), y lo define como un curso al que puedes suscribirte cuando quieras y cuyas entregas te irán llegando en los siguientes días y semanas a través de RSS, siempre desde el inicio e independientemente del momento en que te hayas suscrito.

Para que sea algo más que simple distribución de contenidos, los feeds incluyen enlaces a recursos externos e imágenes o videos integrados, pero sobre todo, y esta es, a mi juicio, la característica más sobresaliente, la participación de los alumnos también se distribuye, generando sus entradas para el feed y aportando ampliaciones al material, sus propios blogs o artículos, recursos adicionales o ejercicios prácticos resueltos.

Aparte de las aplicaciones en cualquier curso e-learning, me parece especialmente interesante para programas de formación in company (y quizá más aún la de tipo informal, con un buen dispositivo móvil que lea RSS) en los que las nuevas incorporaciones a la plantilla de la empresa pueden acomodar su formación básica a su propio calendario, sin depender de agendas de grupo, a la vez que aprovechan el trabajo de sus predecesores y aportan calidad para si mismos y los que vengan detrás.

lunes, 26 de enero de 2009

Imágenes

Hace un mes más o menos que sigo un blog especialmente llamativo: The Big Picture. Con un nombre que no engaña a nadie, recoge fotografías de actualidad y las cuelga en alta resolución para disfrute del público y acelerando dramáticamente la rotación de los fondos de escritorio del mundo (las primeras semanas fueron un ansioso ir y venir de wallpapers en mi monitor, a medida que una imagen espectacular era sustituida por otra). Trata de ser lo más aséptico posible, limitándose a las fotos con un breve pie en el que describe la acción retratada sin pronunciarse demasiado.

Y sin embargo, los comentarios que suscitan sus entradas no son nada asépticos. Surge el debate, la polémica, la discusión agresiva, las acusaciones de partidismo, las adhesiones inquebrantables y las quejas ofendidas. La imagen no es inocente, y no hace falta más que eso para poder desarrollar todo un intercambio de ideas, de opiniones, una construcción de significados y, probablemente, un cambio de perspectiva en más de un visitante.

Esa es la filosofía que me gusta tener en mente cuando preparo un curso en el que voy a usar presentaciones. Igual que el conocimiento se construye haciendo, la comprensión y las explicaciones pueden desarrollarse a partir de imágenes ilustrativas de conceptos. Es más, cuanto menos texto usemos más atención tendremos por parte de nuestra audiencia, que no estará ocupada leyendo o -peor aún- copiando lo que aparece en pantalla mientras se pierde lo que sea que tenemos que decir.
Una buena selección de imágenes permite fijar con mucha más efectividad las ideas básicas que queremos transmitir. Sabremos que ha sido una buena selección cuando nuestros alumnos son capaces, al final de la sesión, de evocar de memoria al menos la mitad de las diapositivas que han visto, y recordar algo relevante relacionado con cada una.

Sobra decir que esto sólo es posible cuando hay una adecuada preparación previa del contenido. Y por supuesto habrá ocasiones en las que nos sea imposible no apoyarnos en una lista o un ejemplo, pero garantizaremos que no será más que lo imprescindible si fijamos nuestra aspiración en presentar la máxima cantidad de contenido con el mínimo de texto.

lunes, 19 de enero de 2009

A caminar se aprende andando


Cuando planeamos el diseño de un curso hay una tendencia automática a enfocar nuestra actuación tal y como hemos visto que se hace durante toda la vida, a través de la exposición de la materia por parte del experto (el formador) a una audiencia de no expertos. Este procedimiento, aunque es inevitable en algunos momentos, no es deseable ni óptimo para conseguir que los asistentes al curso asimilen lo que se supone que deben aprender.

Podemos recurrir a una charla expositiva cuando nuestros alumnos necesitan conocer determinados conceptos teóricos que sienten las bases de un conocimiento práctico o cuando no hay tiempo para más, pero en cualquier cosa más extensa que una conferencia el foco debe estar en la práctica. Al fin y al cabo, el objetivo último de nuestra labor es que esas personas terminen nuestro curso con algunas habilidades que antes no tenían. No es necesario que se trate de algo observable, como aprender a utilizar un programa o a hablar un idioma, sino que puede ser algo tan etéreo como aprender a ver de otro modo las relaciones con los compañeros de trabajo; la clave está en que se trate de algo que antes no sabía hacer, y ahora sí. Y la clave está en el verbo "hacer".

Podemos hablar hasta el infinito acerca de cualquier tema, y nuestros oyentes pueden atendernos con todo el entusiasmo del mundo, pero si no les damos la oportunidad de poner en práctica el nuevo conocimiento, no habrán aprendido nada. Por eso es conveniente que toda la estructura enfocada a la formación de profesionales, desde los planes de formación (porque hay cosas que, por ejemplo, no pueden ponerse en práctica a través de e-learning, y esto hay que tenerlo en cuenta) a los temarios específicos y, por supuesto, las acciones formativas, dejen hueco a la manipulación, la práctica, la experimentación, el aprendizaje real.

No existe nada parecido a una habilidad teórica: si existe es porque sabes usarlo, sea un móvil o una estrategia para resolver sudokus. Por tanto, aunque tu próximo curso sea sobre ventas, gestión de equipos o cualquier otro campo poco tangible, deja hueco a la práctica. No se trata de aparcar la teoría, sino de convertirla en ejecución: en lugar de enumerarles técnicas de venta, ponles a vender y luego diles cómo mejorar. En lugar de hablarles sobre cómo motivar a un equipo, que hagan su mejor esfuerzo en una simulación, y luego revélales cómo hacerlo mejor. En lugar de explicarles cómo hacer una buena gestión del tiempo, ponles a elaborar una agenda, y luego corrígeles en lo que puedan perfeccionar.


Como siempre, un experto puede expresarlo mucho mejor que yo:

lunes, 12 de enero de 2009

La importancia de los detalles

Siguiendo una de esas rutas bizarras que llevan saltando de enlace en enlace a los sitios más inverosímiles, encontré en youtube (que últimamente uso como motor de búsqueda directo, sin pasar por Google, y me está dando muy buenos resultados) este video de Graciela Garzón sobre el vestuario de un profesor:



Vale, es corto, no dice mucho y se centra en lo más básico del vestuario femenino, así que como ayuda para vestirse con una clase en mente aporta lo justo. Pero me ha gustado los motivos que aduce para recomendar el tipo de ropa: un profesor debe transmitir con su imagen tres cosas: conocimiento, seriedad y accesibilidad.

El conocimiento se transmite a través de una imagen de confianza en uno mismo. Lleves la ropa que lleves, compórtate como alguien que sabe lo que hace, y muestra curiosidad por las cosas (uno no llega a hacerse sabio si no es curioso).

La seriedad es imprescindible para iniciar un curso con buen pie a menos que seas una eminencia respetada. En muchas ocasiones hay que meter en cintura a algún asistente forzoso, y una imagen digna ayuda bastante.

En cuanto a la accesibilidad, uno no lo está haciendo bien si no hay interacción. Si tus alumnos no se dirigen a ti durante una clase, es que estás monologando, no formando. Invítales desde el principio a hablar libremente, y muéstrate receptivo a todo lo que dicen y hacen desde que entran por la puerta.

Soy más de la opinión de que esas características de un formador se aprecian cuando lleva hablando diez minutos, independientemente de su vestuario (para muestra, un interesantísimo botón), pero la imagen te vende desde antes de que abras la boca, y puede predisponer a tu audiencia en tu contra o a tu favor. No subestimes la importancia de los detalles, porque sumándolos llegas al conjunto. Y dado que nunca podemos controlarlos todos, es importante tener atados unos cuantos para poder compensar un posible efecto negativo de los que se nos escapan.

sábado, 10 de enero de 2009

Buenas ideas para el e-learning

Sé que me repito, pero hoy en e-learning, conocimiento en red y web colectiva veo un video de PICOL muy interesante. El tema es la historia de Internet y es de lo más entretenido, pero lo que me llama la atención, como otras veces, es el estilo del video: simple, limpio y usando la imagen animada como apoyo de una explicación en audio bien estructurada.

Aunque quizá es un poco largo para incluirlo tal cual en un curso online, está claro que explicar conceptos de este modo, haciendo algo similar a un mapa mental animado para guiar la atención del receptor, favorece el aprendizaje y mantiene el interés del alumno. Y si además imitamos el carácter hipertextual de la red para hacer estructuras no lineales al exponer la información (es decir, que se pueda saltar de un concepto a otro a voluntad, con un número limitado de enlaces para no perdernos, en lugar de seguir necesariamente un camino ya marcado), tenemos un buen planteamiento de base para diseñar nuestros cursos.