domingo, 30 de agosto de 2009

El formador, ese ídolo de masas

Me hizo pensar en este tema la tira cómica de más abajo, que me recordó una entrada en el blog de Yoriento con este video:



Allí se comentaba acerca de la psicolabia, la verborrea, la consultoría que vende humo. A mí se me hacía palpable además otro matiz: el aplomo del consultor, la actitud de gurú con la que suelta su frase lapidaria, y la cara de Yoda con la que incita a sus víctimas a apreciar la sabiduría universal de sus palabras.

Es un hecho que la posición del formador durante un curso presencial (al menos desde la que parte) está una cabeza por encima de quienes lo reciben. Aunque en determinados casos conviene reducir o anular esa distancia, también tiene sus ventajas: te escuchan con atención por respeto a tus supuestos conocimientos, te da la autoridad suficiente para guiar la formación, y permite sofocar actitudes negativas. La parte mala aparece cuando tenemos a un formador (llamadle consultor, si queréis) que decide utilizar esa ventaja para no trabajar. La formación puede ser constructiva, buscando problemas, prácticas a mejorar o necesidades de aprendizaje; Pero también puede convertirse en una lluvia de críticas destructivas acompañada de unas recetas difusas y frases zen que anulan la capacidad crítica y dejan a la audiencia con la sensación de que se les ha indicado el camino de la salvación, pero son demasiado incompetentes para recorrerlo.

Dilbert.com

El formador puede dar cursos pensando en sus clientes o pensando en él. En el primer caso formará, en el segundo encandilará. Desconfía del formador que no se interese por el impacto de su acción.

La viñeta, de Dilbert by Scott Adams